viernes 11 de marzo de 2011

Giros

Ya ha pasado mucho tiempo desde aquellas tardes nubladas. Todavía conservo el recuerdo de tu perfume fresco, ese que mezclado con el olor a lluvia y tierra mojada, volvía inevitables aquellos besos que, más que robarnos, nos otorgábamos en cada esquina.

Y así, después de aquellos largos paseos, íbamos al café de los Portales, donde las viejas y descuadradas sillas nos esperaban ansiosas por escuchar nuestras historias, aquellas que versaban sobre la casa que algún día compraríamos en el campo y las interminables discusiones sobre los nombres que tendrían nuestros tres hijos.

Lo sé, sólo teníamos veinte años, pero nos emocionaba saber que teníamos ochenta años por descubrir juntos y una eternidad para amarnos. Y entonces, no hacíamos sino pensar en nosotros y estábamos dispuestos a luchar por nuestro amor, incluso hasta lo que solían llamar “el fin del mundo”.

Sin embargo, con el paso de los días dejé de percibir tu perfume; el café de los Portales comenzó a parecerme incómodo y aburrido; decidí que no quería tener tres hijos sino uno y que sería mejor una casa en la playa que en el campo.

Entonces, me di cuenta que junto con los calendarios se habían quedado nuestros anhelos compartidos. Que ya nada quedaba de aquellos jóvenes risueños que noche a noche prometían entregarse el alma.

De esa forma fue como llegado el día, un día cualquiera, decidí apartarme de tu vida, y con ello dejar espacio para que alguien más reviviera en ti la luz que entre nosotros llevaba más de veinte años perdida.